Albino: Verdades que duelen oir

No puede extrañar que la intervención del doctor Abel Albino en el Senado haya quedado eclipsada por la polémica, ni mucho menos que la cobertura mediática se aferrara al escándalo. Hace tiempo que el médico es hostigado por expresiones que resultan incómodas al mundo moderno, de la paternidad responsable a la homosexualidad, y se intenta silenciarlo. La pena es que las reacciones impulsivas impidan reflexionar con sosiego. Pero quien se tome el tiempo de ver su discurso y sus respuestas al panel que lo interrogó en la Cámara Alta, disponible en internet, podrá disfrutar de una verdadera clase magistral.­

“Lucho por la verdad sin importar quién la diga, lucho por la justicia sin importar quién se oponga”.- Malcom X

La profundidad, la sensibilidad y la riqueza del discurso pronunciado por el médico pediatra, considerado por muchos como una eminencia, contrasta con la estridencia de quienes quieren ridiculizarlo.­

Sin atenerse a ningún escrito, leyendo sólo de vez en cuando algún dato, pero con gran lucidez, ofrece allí un discurso rico en anécdotas, vivencias y cifras, en el que cita desde el código penal o la Constitución hasta estudios médicos, declaraciones de otros profesionales y artículos en revistas especializadas.­

La serenidad de su mirada le viene dada en parte por los años de experiencia que acumula en el contacto con los niños y con padres de todas las edades, en contextos de una pobreza extrema que se repite en distintas geografías, del país y del exterior.­

Las anécdotas que aporta en ese sentido son conmovedoras, como los niños que ha visto dormir en huecos cavados en la tierra, y cubiertos con un perro, en Mendoza; o la mujer que vio llorar porque nadie le había hablado en todo el día. Un ejemplo, según él, de la necesidad de tener una mirada comprensiva, abarcadora, integral sobre el ser humano, por la que brega desde su institución.­

Su discurso no puede ser entendido más que como un canto a la mujer. Por su compasión con las que abortaron, por los elogios que les prodiga en cuanto custodios de la vida, y por su preocupación por darles contención a las embarazadas en lugar de juzgarlas, por ayudarlas a salir adelante en la vida, y superar el analfabetismo que avergüenza. Sus palabras iluminan la triste realidad de que la pobreza no sólo priva de educación sino que impide hasta la introspección.­

Así de comprensivo, así de concreto y a la vez sutil, es el discurso pronunciado por Albino, que demuestra la intención de ayudar a las personas a ordenar sus vidas, estimularlas y orientarlas por el camino del autocontrol y la paternidad responsable.­

Porque esa agudeza que evidencian sus expresiones en el Senado surge también de una visión anclada en valores, que es lo que en el fondo molesta. Y molesta porque viene a frustrar un estilo de vida libérrimo.­

No puede extrañar, claro, que hoy el pediatra viva un calvario, criticado incluso por médicos y organismos de salud como la OPS, y que muchos exijan que se le quiten los subsidios que recibe para llevar adelante su labor. Esto ocurre por lo extendida que está esa otra visión de las cosas que privilegia el placer personal. Por no hablar de los intereses ideológicos o económicos que hay detrás del aborto y del reparto universal de profilácticos.­

La verdadera grieta que hoy se observa en el país es la de estas dos cosmovisiones, que hoy pugnan en el debate por el aborto.­

Al ver el discurso completo del doctor Abel Albino queda en evidencia que el objeto de la polémica, es decir, sus dichos sobre la eficacia relativa de los preservativos, es apenas un detalle en el marco de una exposición profunda y abarcadora. Un detalle que sin embargo abrió la puerta a sus críticos para impugnar todo lo demás. Pero las estadísticas que mencionó tienen todo menos un elemento de novedad. Hasta la FDA estadounidense admite ese riesgo.­

El hecho de que se discuta sobre los profilácticos en el actual debate sobre el aborto prueba, en definitiva, lo que no se quiere admitir: que el aborto se piensa como la herramienta de último recurso cuando el preservativo fracasa. Una demostración palmaria de que la discusión no es la que se proclama.­

Fuente: El calvario de Abel Albino

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