Cruda realidad: Gran Bretaña se plantea el derecho a cambiar el sexo del hijo desde su nacimiento

Con ser una masacre terrible, la muerte de millones de niños en el vientre de sus madres no es el único efecto perverso, quizá ni siquiera el peor, del supuesto y universalizado ‘derecho’ al aborto. Probablemente lo peor es que devalúa inevitablemente al ser humano, a cualquier ser humano, y muy especialmente a los más indefensos, los niños. El derecho al aborto supone que la autoridad, los poderes públicos, nos dicen que la vida de los seres humanos es trivial si son dependientes. Y el mensaje cala unido al capricho de los padres, que mutilarán a su propio hijo porque les apetece más tener un hijo de otro sexo. No se me ocurre un caso más atroz de abuso infantil. 

bebes

Me alerta Twitter de dos noticias absolutamente dispares, sin ninguna relación aparente entre ellas, una casi cómica, la otra trágica, que quizá por la coincidencia me han parecido perfectos ejemplos de cómo la Cultura de la Muerte en que vivimos inmersos tiene, necesariamente, que ser una cultura de abuso infantil.

En la web de la cadena norteamericana ABC leo un ‘truco’ que sugieren los expertos para no dejarte olvidado a tu hijo pequeño en el coche y que corra así el riesgo de morir deshidratado: dejar en el asiento de atrás, cito, “algo importante”.

No sé, algo como ese informe urgente que necesita el jefe antes de las dos, o el iPad o incluso los mandos de la Play; cualquier cosa, en fin, que nos interese tanto que no podamos dejárnosla olvidada, a diferencia de algo tan trivial como un hijo.

No sé hasta qué punto el autor del titular es consciente de la sangrante ironía. Si una es capaz de olvidar el fruto de sus entrañas, no se me ocurre que puede dejar en la parte de atrás que no se le despiste; y si se es capaz de dejar que se te pase el detalle de que llevas a tu hijo en el coche y no cualquier otra cosa, es que vivimos en una sociedad que da mucho miedo, al menos a mí.

“Esa paradoja de la modernidad, que explota más que nunca en la historia la ternura que inspiran los niños y, al mismo tiempo, los concibe como productos de consumo”

La otra, sin tener nada que ver, rima. Es del prestigioso Times de Londres, que nos cuenta cómo el Gobierno británico -el gobierno CONSERVADOR británico- está estudiando legislación que permita cambiar el sexo de un hijo desde el mismo nacimiento.

Con ser una masacre terrible, la muerte de millones de niños en el vientre de sus madres no es el único efecto perverso, quizá ni siquiera el peor, del supuesto y universalizado ‘derecho’ al aborto. Probablemente lo peor es que devalúa inevitablemente al ser humano, a cualquier ser humano, y muy especialmente a los más indefensos, los niños.

Matar, en sí mismo, no atenta contra la dignidad humana. Los asesinos, por lo general, no cometen sus crímenes en la idea de que existe un derecho universal de matar a sus semejantes, ni piensan generalmente que la vida de la persona a la que matan sea indigna de ser vivida. Simplemente, tienen un interés, o un impulso, y matan.

“El sexo no puede cambiarse, y el sexo es un componente de lo que somos infinitamente más íntimo, más esencial que cualquier otra característica como la raza, el origen nacional, la clase social o la ideología”

Pero el derecho al aborto supone que la autoridad, los poderes públicos, nos dicen que la vida de los seres humanos es trivial si son dependientes, aunque se libren muy mucho de expresarlo con estas palabras. Y el mensaje cala.

Así se da esa paradoja de la modernidad, que explota más que nunca en la historia la ternura que inspiran los niños para manipularnos descaradamente a favor de esta o aquella medida -con frecuencia, de una guerra que acabará con la vida de muchos más niños-, y, al mismo tiempo, los concibe como productos de consumo, como capricho de sus padres, como extensión del ego irrestricto de los adultos.

El sexo no puede cambiarse, y el sexo es un componente de lo que somos infinitamente más íntimo, más esencial que cualquier otra característica como la raza, el origen nacional, la clase social o la ideología. Concluir que uno es del sexo contrario al biológico porque así lo declara es un disparate que ya hemos glosado abundantemente en estas páginas.

“La cultura de la muerte lleva irremisiblemente a la deshumanización, y en primer lugar a la deshumanización de los niños”

Pero aquí se da un paso más, un paso terrible: es someter a esa trágica imposibilidad a quien no puede decidir. Ya hemos estado viendo últimamente la promoción de niños ‘transgéneros’ cada vez más pequeños, de edades en las que su decisión no se toma en cuenta para casi ninguna otra cosa, pero de los que se pretende que son lo bastante maduros para tomar esa transcendental decisión. Pero aquí ya se deshacen de todo disimulo: es el capricho de los padres, que mutilarán a su propio hijo porque les apetece más tener un hijo de otro sexo. No se me ocurre un caso más atroz de abuso infantil, de manos de las personas en las que la naturaleza les ha confiado.

Por lo demás, esta deriva hacia monstruosidades que pasan como logros, disfrazadas bajo esa siniestra sonrisa de la progresía, no hace más que confirmar lo que hemos dicho antes tantas veces: que la cultura de la muerte lleva irremisiblemente a la deshumanización, y en primer lugar a la deshumanización de los niños.

Con el reciente debate sobre la maternidad surrogada -alquiler de vientres, para ser menos eufemísticos-, siempre se parte de un inexistente ‘derecho’ al hijo, nunca a los derechos de ese hijo. Como el niño es un producto de consumo, exigimos la posibilidad de encargarlo, imagino que especificando las prestaciones deseadas, como se elige el lugar de vacaciones o un juego de ordenador.

Fuente: Cruda realidad / Gran Bretaña se plantea el derecho a cambiar el sexo del hijo desde su nacimiento

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