Te presento a Marisa, mi novia, último modelo

Por si el mercado sexual -que es, naturalmente, la fuente de la familia- no estuviera suficientemente dislocado, ahora aparecen a insinuarse en el mercado los ‘sexbots’. Imagine una mujer que su propietario puede desconectar y guardar en su caja. Y, ahora, imagine el impacto de esas nuevas relaciones en el ya enrarecido panorama sentimental: el equivalente a una lluvia de bombas atómicas.

sexbotSi usted pregunta a cualquier amigo si estaría dispuesto a comprarse una ‘muñeca’ mecánica con fines sexuales, estoy por asegurar que la abrumadora mayoría respondería con una indignada negativa.

Pero ahora imagine que la opción no es adquirir un carísimo y patético trasto que, de conocerse la compra, daría a su poseedor fama de pervertido o desesperado, sino conseguir a una mujer tan bella como se desee, agradable, simpática, cariñosa, apasionada… Y desconectable.

Por si el mercado sexual -que es, naturalmente, la fuente de la familia- no estuviera suficientemente dislocado, ahora aparecen a insinuarse en el mercado los ‘sexbots’.

El sector factura ya 15.000 millones, pero auguro que antes de mucho esta cifra nos parecerá ridícula, como cuando los móviles eran incomodísimos ‘zapatófonos’ que solo tenía un puñado de millonarios y altos ejecutivos.

El destino de toda innovación tecnológica es perfeccionarse y abaratarse, y los primeros compradores siempre pagan la novatada. Es cuestión de inversión y tiempo que estos evidentes robots se hagan más y más parecidos a los humanos, incorporando piel indistinguible de la humana, variedad de gestos y reduciendo, en fin, su distancia aparente con la gente hasta que resulten imposibles de distinguir a simple vista.

Las ‘sex bot’ son muñecas sexuales cibernéticas.

La aplicación a estos ‘juguetes’ de Inteligencia Artificial significa, a la larga, que aparte de su sofisticado programa inicial podrán aprender de la riada de datos de la experiencia, haciéndose también más parecidos a nosotros en las actitudes y el comportamiento.

Por último, en cuanto el mercado adquiera masa crítica empezarán a producirse en serie y la competencia tirará los precios por los suelos.

Vivimos en una sociedad hiperconsumista programada para buscar la satisfacción inmediata de todo deseo y la eliminación no menos veloz de toda incomodidad

Y, sí, la respuesta será negativa en cualquier caso para una proporción de hombres, pero, ¿qué hay de todos los feos, torpes, desangelados, perdedores del mercado sentimental, abocados a elegir entre la soledad y el celibato o una compañera de “qué remedio”, de consolación, de cotización tan baja en el sector romántico como el propio sujeto?

Es fácil decir que ninguna mujer biónica, ningún remedo cibernético puede competir con una mujer de verdad. Pero me basta pensar cinco minutos en algunos conocidos, ellos y ellas, para concluir que eso no es siempre cierto.

No tiraré piedras contra mi propio tejado: las mujeres somos estupendas, punto. Pero, planteando el asunto con absoluta y fría imparcialidad, tengo que reconocer algunos detalles importantes, sobre todo teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad hiperconsumista programada para buscar la satisfacción inmediata de todo deseo y la eliminación no menos veloz de toda incomodidad.

Puntos en contra: las mujeres reales tenemos necesidades, no solo emocionales. Tenemos días buenos y malos, y los malos pueden serlo bastante: yo misma, que soy un verdadero ángel con forma humana, he sorprendido más de una vez en el rostro de mi marido cierto conato de sonrisa contenida de alivio cuando salgo de casa.

Y si eso me sucede a mí, que soy estupenda, ¿qué será de las insoportables, las egoístas, las crueles, las veleidosas, las despilfarradoras? ¿Qué será vivir con una feminista, con la que la convivencia puede asemejarse a pasear por un campo de minas, no sabiendo nunca cuándo se ha cometido el fatal micromachismo?

Compárenos… Mejor: compárelas con una mujer que no engorda, que no se arruga, que no envejece. Una mujer que está siempre entusiastamente dispuesta a la coyunda pero nunca la impone o la propone.

Imagine una mujer que su propietario puede desconectar y guardar en su caja

Una mujer sin familia, esos suegros y esos cuñados con los que una puede llevarse de maravilla, pero que no ha elegido y con los que, con mayor frecuencia, se mantiene una relación algo más ambigua y borrascosa.

Una mujer mucho más guapa y más culta (tanto como ‘chips’ de memoria albergue) que aquella a lo que todo hombre podría aspirar desde una perspectiva realista.

Una mujer que nunca se irá con el mejor amigo del conyugue (si está medianamente bien programada) ni pondrá una denuncia ni amenazará con el divorcio (quedándose con la casa y parte de tus ingresos).

Y, ‘last but not least’, una mujer que su propietario puede desconectar y guardar en su caja.

Y, ahora, imagine el impacto de esas nuevas relaciones en el ya enrarecido panorama sentimental: el equivalente a una lluvia de bombas atómicas.

Fuente: Cruda realidad / Te presento a Marisa, mi novia, último modelo

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