Suicidio demográfico

Se celebró en Madrid el II Foro “Stop Suicidio Demográfico”. Alejandro Macarrón volvió a desplegar sus gráficos y datos inapelables, intentando evitar un tono fatalista, clamando en el desierto por la reacción. Pero las curvas son inequívocas: hablan de una nación que camina despreocupadamente hacia la insostenibilidad y la extinción ¿Cómo podrá afrontarse el gasto sanitario y de pensiones en una sociedad en la que, en lugar de un jubilado por cada cuatro activos (como ahora), habrá dos jubilados por cada tres activos (considerando “activos” a todos los que tienen entre 20 y 64 años, premisa ya de por sí hiperoptimista en un país estragado por el paro juvenil)?

¿Por qué nadie –salvo solitarios cruzados de la causa como Macarrón o políticos en retirada como Joaquín Leguina o Josep Piqué- habla del asunto? ¿Cómo es posible que no se haya abierto un debate nacional –mediático, político, académico- sobre el invierno demográfico, sus causas y sus posibles soluciones (cada vez más difíciles, a medida que pasan los años y se deteriora más nuestra pirámide de edades)? ¿Cómo puede haberse cerrado una legislatura de mayoría absoluta del PP sin que se hayan adoptado medidas para revertir un proceso que amenaza nuestra misma supervivencia como sociedad? ¿Y cómo es que el pensamiento demográfico de la izquierda empieza y acaba en la proposición “natalismo = franquismo”?

    “El invierno demográfico es el lobo real, el que puede acabar con la civilización occidental tal como la conocemos”

Puede que la opinión pública haya llegado a desconfiar de los profetas de calamidades: desconcertada por la cacofonía de voces agoreras –las que aseguran que el cambio climático nos destruirá más pronto que tarde, las que pronostican el seguro hundimiento del capitalismo (el colapso era ya inminente en 1848, según el Manifiesto Comunista), o las que hablan al estilo romano (del Club de Roma) de un próximo agotamiento de los recursos energéticos- la opinión pública ha aprendido a no tomar muy en serio ninguna de ellas. Es lo del pastorcillo que gritó demasiadas veces “¡que viene el lobo!”. Además, el catástrofismo demográfico adoptaba hasta hace poco un signo exactamente inverso: desde Malthus hasta Paul Ehrlich o el Informe Kissinger se nos había explicado que el gran peligro era la “bomba de población”.

Pero el invierno demográfico es el lobo real, el que puede acabar con la civilización occidental tal como la conocemos. Nuestra economía no podrá soportar la presión fiscal adicional exigida por el gasto creciente en pensiones y sanidad, derivado del envejecimiento de la población. Según ciertas estimaciones, para sostener las prestaciones asistenciales en la sociedad europea de 2045 (si no se produce un incremento drástico de la natalidad o un descenso importante de la esperanza media de vida) hará falta invertir un 15% más de PIB: es decir, el gasto público, que en España es actualmente del 45% del PIB, pasaría a ser de un 60%. En un contexto de países emergentes cada vez más competitivos, ¿cómo podrá soportar la economía un lastre tan aplastante? Los últimos jóvenes europeos serán esclavos de sus padres: su trabajo será exprimido hasta la última gota para mantener con vida a la inmensa masa de jubilados.

    “¿Quién querrá venir a cuidar viejos dentro de veinte años a una Europa terminal, sin niños ni esperanza?”

“Bueno, pero ya nos salvará la inmigración”. Pues no. Haría falta una cantidad gigantesca de inmigrantes para mantener la actual ratio de activos/jubilados. Y no vendrán. Europa está estancada: pierde posiciones a nivel global. Será un destino cada vez menos atractivo, a medida que se reduzca el diferencial de renta respecto al mundo circundante, que crece más deprisa. Además, la natalidad está cayendo también en el Tercer Mundo (aunque sin llegar todavía al raquítico nivel europeo), y pronto no tendrán tantos jóvenes que exportar. ¿Quién querrá venir a cuidar viejos dentro de veinte años a una Europa terminal, sin niños ni esperanza?

Y, en caso de que llegaran inmigrantes en número suficiente, el resultado sería la “Gran Sustitución”, el suplantamiento masivo de población europea nativa por población afro-asiática, en buena parte de religión musulmana. Con un Islam en plena radicalización, el potencial de conflictividad de una Europa 2040 con un 20% de población mahometana no es difícil de imaginar. En el mejor de los casos, un mosaico de guetos étnicos que vivirán de espaldas los unos a los otros (como ocurre ya en la periferia de París o Bruselas). En el peor, la Europa libanizada/balcanizada puede tener el mismo desenlace que tuvo Líbano (aquella Suiza de Oriente Medio, modelo de convivencia entre culturas) en los 70 y 80, o Bosnia en los 90. Los atentados islamistas –ya de regularidad casi semanal: Berlín, Niza, Manchester, Londres, Estocolmo, Bataclan…- nos ofrecen un avant-goût.

¿Se puede hacer algo? Sí, se puede. Pero la reacción requiere un giro ideológico que ni la clase política ni el grueso de la sociedad están dispuestas a ejecutar. La embajadora de Hungría en España, Enikö Györi, nos contó las medidas que el gobierno de Viktor Orbán viene aplicando desde hace años. Se ha explicado claramente a los húngaros que las únicas alternativas son el relanzamiento de la natalidad o la invasión migratoria (Hungría, recuerden, es aquel país infame que cerró sus puertas a la avalancha de refugiados sirios en 2015). La protección de la vida y la familia fue consagrada en la Constitución de 2011, y ha sido desarrollada con medidas enérgicas de promoción del matrimonio, desincentivación del aborto, desgravaciones fiscales para las familias con hijos… Los resultados empiezan a llegar: el número de bodas anuales se ha incrementado en un 20%; la fecundidad de las húngaras ha ascendido ya dos décimas (de 1.2 hijos/mujer a 1.4). En los edificios públicos húngaros no se iza la bandera arcoiris, sino un nuevo logo de family-friendly country: dos niños, un hombre y una mujer con un tercer hijo creciendo en su vientre.

Todas estas medidas han convertido a Hungría –junto a Polonia- en enemigo público número 1 de una Europa que sigue instalada en los valores liberacionistas de la contracultura de los 60, convertida desde hace medio siglo en cultura hegemónica. Los Gramsci (muerto en los 30, pero profeta del “marxismo cultural”), Marcuse o Simone de Beauvoir creyeron que destruyendo la “familia tradicional” allanarían el camino al socialismo (pues la “familia burguesa” era, decían, la institución fundamental, junto a la propiedad privada, de la sociedad capitalista). Pero no llegó el socialismo, sino una sociedad hedonista de gente obsesionada por “apurar la vida al máximo” y por tanto cada vez menos dispuesta a tener hijos y formar familias estables. O cerramos de una vez 1968, o él nos cerrará a nosotros.

Fuente: Suicidio demográfico

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