La degeneración del feminismo

Cuando se denuncian los excesos del ‘feminismo institucional’, es precisamente por su inutilidad para darle respuesta a la realidad, porque en vez de tener la humildad de considerar el fracaso de algunas de las políticas en las que se viene insistiendo se persiste en ellas con una continua huida hacia delante, cada vez más estrafalaria

No es el feminismo, se trata del feminismo oficial. No es la lucha por la igualdad, es la utilización de la lucha contra la igualdad. No es la defensa de la mujer, es la deformación ridícula de esa defensa. Es este calendario delirante que han editado en la Universidad de Granada en el que cada mes del año tiene un nombre femenino porque, en esa degeneración, se piensa que esta es una forma de concienciar a la sociedad sobre los problemas de la mujer. Enera, febrera, marza, abrila, maya, junia…
Que no, que no es el feminismo, que es esta inercia en la que nos hemos instalado en la que el ‘feminismo oficial’, institucionalizado, es una causa en sí misma que se retroalimenta en su propio universo, normalmente sustentado con fondos públicos; un círculo cerrado, ajeno a la realidad de las mujeres a las que ya no representan. Y porque es necesario seguir combatiendo el machismo, sobre todo en sus más trágicas expresiones, como la violencia en la pareja, cada vez se hace más insoportable esta escalada de frivolización.

El calendario de la Universidad de Granada sirve de ejemplo por el disparate que supone y porque reúne todos los ingredientes de ese feminismo de salón que tanto daño le está haciendo al feminismo. El promotor del calendario, ‘calendaria’, que así se llama (igual ‘almanaca’ sonaba demasiado grotesco), es Miguel Lorente, director de la Unidad de Igualdad de la universidad granadina, conocido en España por su época de delegado del Gobierno para la Violencia de Género durante el mandato de Rodríguez Zapatero.


Nadie, desde luego, podrá cuestionarle a Miguel Lorente ni la preparación, ni la dedicación ni la formación en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, porque no se trata de eso. Lorente tiene un prestigio reconocido internacionalmente. Y, justo por eso, debe analizarse su labor con mucha más severidad. ¿Cómo puede nadie pensar que por llamar ‘enera’ a enero se ayuda a la igualdad? Nadie que no se haya ensimismado tanto que ha perdido todo contacto con la realidad puede considerarlo, porque es ridículo. Sin embargo, Lorente no solo lo defiende sino que además ha elaborado una teoría para la ocasión: “El machismo ha presentado la realidad como una incógnita con el objeto de quitarle el significado a cada día, a cada mes… a todos los años. No podemos caer en su trampa y presentar sus consecuencias como accidentes, porque son el resultado de todas las circunstancias que hacen que formen parte de ese siempre que nos ha acompañado a lo largo de la historia”.

¿Qué quieren decir frases como que “el machismo ha presentado la realidad como una incógnita”? ¿Se aprecia el desvarío? Ese es el universo del ‘feminismo institucional’ que es preciso denunciar, pero no por el dislate en sí, sino por el daño que se le está haciendo a la causa. “El machismo lo único que defiende es su modelo de masculinidad arraigada en el poder de esa cultura que ha diseñado para los hombres, y en los hombres ‘diseñados’ con una identidad que defiende al machismo”. Ese envoltorio farragoso de palabras que no dicen nada solo sirve esconder la verdad; aparentan que se está combatiendo con atrevimiento un problema, pero no es cierto. 

Cuando se denuncian los excesos del ‘feminismo institucional’ es por su inutilidad para dar respuesta a la realidad, a un problema que sigue creciendo


La realidad se queda fuera de esas campañas, incluso en el propio ámbito universitario. ¿Por qué la ‘generación más preparada de la historia de España’, como se repite siempre en los discursos políticos, mantiene comportamientos de violencia de género en sus relaciones diarias? En el último informe de ‘Percepción de la violencia de género en la adolescencia y en la juventud’, que elabora precisamente la Delegación de Violencia de Género en la que estuvo Miguel Lorente, se incluía la alarmante contradicción de que un alto porcentaje de jóvenes y adolescentes españoles toleran en sus vidas comportamientos abusivos al mismo tiempo que, de forma abrumadora, condenan la violencia de género. “Entre un 96% entre las mujeres y un 92% entre los hombres consideran inaceptable la violencia de género (…) pero uno de cada tres jóvenes considera inevitable o aceptable en algunas circunstancias ‘controlar los horarios de la pareja’, ‘impedir a la pareja que vea a su familia o amistades’, ‘no permitir que la pareja trabaje o estudie’ o ‘decirle las cosas que puede o no puede hacer”.

No son precisamente nuevas campañas de información lo que hace falta cuando los estudios demuestran que, en un porcentaje cercano al cien por cien, los jóvenes y adolescentes conocen y rechazan la violencia de género. ¿Dónde está el fallo? Tan compleja será la respuesta como tratar de resumir en una frase el complejo mundo de las relaciones entre hombres y mujeres y, más allá aún, las características de la sociedad que nos ha tocado vivir. Pero ajeno a cualquier debate, aquí ya existe un protocolo institucionalizado: la única respuesta son nuevas campañas de publicidad y nuevos discursos huecos sobre el machismo, presentado como una fuerza oculta que maneja nuestros destinos, un tótem de las élites que gobiernan el planeta.


“El machismo —dice Lorente— es poder, y como tal conlleva enfrentamiento y violencia como un instrumento para alcanzarlo y perpetuarlo”. En vez de tanta frase impostada, ¿no sería más práctico para todos analizar la eficiencia del entramado institucional y legal que se ha construido en torno a la violencia de género? Sin desmontar nada, que no es eso, simplemente una auditoría de eficiencia de la lucha por la igualdad de la mujer y contra la violencia de género. Cuando se denuncian los excesos del ‘feminismo institucional’, es precisamente por su inutilidad para darle respuesta a la realidad, a un problema que sigue creciendo, porque en vez de tener la humildad de considerar el fracaso de algunas de las políticas en las que se viene insistiendo de forma machacona, se persiste en ellas con una continua huida hacia delante, cada vez más estrafalaria, como esta ‘calendaria’ de ahora de la Universidad de Granada. Enera, febrera, marza, abrila…
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